Me hubiera gustado que me escucharas…

Quizás sea mucho pedir en los tiempos en los que vivimos. Quizás siempre lo fue.
Quizás sea una utopía pensar que aún hay lugar para la pausa, para el silencio, para el espacio compartido sin interrupciones ni urgencias.
No sé cómo será en mundos lejanos —a veces imagino culturas enteras donde la palabra ajena es sagrada, donde el habla no se convierte en arma ni en escudo, sino en puente.

Me gusta imaginar que en algún lugar, tal vez no tan lejano, cuando alguien habla, los demás no se preparan para responder, sino para sentir. Escuchar no con los oídos solamente, sino con el cuerpo entero. Con los ojos, con la piel, con el pecho.
Observar: cómo mueve las manos, cómo cambian sus gestos, cómo baja o eleva la voz según lo que cuenta. Percibir en mí lo que eso provoca: el leve temblor de una emoción que se asoma, la incomodidad que señala una herida, o esa extraña conexión que a veces se da sin explicación. Y entonces, dejar que también mi cuerpo diga algo, sin palabras quizás, pero con presencia.

Esta forma de escucha —real, honesta, completa— es todavía, para mí, una asignatura pendiente.
Y no sólo para mí. Lo es también para muchas personas que me rodean, para el ritmo de las ciudades, para las conversaciones urgentes donde la velocidad aplasta la profundidad.
Nos hemos acostumbrado a otro tipo de diálogo. Uno en el que se habla por encima, se corta al otro antes de que acabe, se responde sin haber comprendido. Donde varias personas pueden hablar a la vez como si escuchar fuera secundario, como si lo importante fuera decir, marcar posición, ganar terreno.

Y en medio de eso, me observo.
Me observo desde adentro, a veces con cariño, a veces con vergüenza.
Me veo hablando… y también interrumpiendo. Me descubro con ansiedad cuando la otra persona aún no termina su frase, porque quiero decir lo mío, porque tengo miedo de que se me olvide, de que no se me escuche, de no ser suficientemente apta.

Me doy cuenta de que muchas veces, lo que ocurre en mí está lejos del arte de conversar y más cerca de otras urgencias internas:

La necesidad de demostrar que ya lo sé, como si estar al día fuera una forma de protección.

El impulso de tener razón, de que mi idea sea la válida, de que los demás la acojan sin reservas.

Las justificaciones automáticas para explicar mis decisiones, incluso cuando nadie las pide.

La necesidad de ser reconocida, entendida, validada… incluso por encima de la conexión real.

Y pasado un tiempo me doy cuenta: estoy siendo alguien que no quiero ser.
Estoy respondiendo desde lugares que no me representan, desde antiguos reflejos que aprendí, quizá, como escudo para sobrevivir.
Pero yo no quiero sobrevivir las conversaciones. Quiero vivirlas.

Uno de mis deseos más profundos —quizá el más simple, quizá el más complejo— es poder escuchar mejor. No para ser mejor persona en un sentido moral, sino para ser más humana, más presente, más auténtica.
Escuchar para comprender, para sentir, para estar. Y cuando sea necesario, hablar desde un lugar menos defensivo y más abierto. No para ganar, sino para compartir. No para demostrar, sino para habitar un espacio común.

Porque a veces, escuchar es el gesto más radical de amor que podemos ofrecer.


Estas palabras nacen de una conversación que no fue como me hubiera gustado.
Una de esas que se quedan dentro del cuerpo durante días, que no se cierran al salir por la puerta, que siguen resonando por dentro como una campana mal golpeada.
Fue durante una visita médica con el adjunto del director de psiquiatría. Una de tantas. Una de esas donde se supone que el paciente —yo, en este caso— tiene unos minutos para expresar cómo se siente, para exponer su punto de vista. Cinco minutos.

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