Acabo de terminar mi segundo café y he depositado el vaso de plástico en el carro de metal que se encuentra en la habitación. Carro que devolverá el menaje de alta calidad a la cocina para ser lavado junto a otros tantos vasos y platos, todos ellos de plástico. No vayamos a correr peligro.
Miro y veo una pradera en primavera o verano donde las nubes se atreven a formar figuras sobre el lienzo azul. En mitad de ese maravilloso paisaje, el cual no puedo sentir, se encuentra una caja de madera con una ventana cubierta por un plástico que hace de protección de una televisión cuya programación no se puede ver porque una ventana emergente, que reclama la introducción de un código, interfiere.
Están recogiendo y he preguntado si he de salir de la habitación. Tras una conversación un tanto compleja en cuanto a compresión del idioma, el empleado me ha sugerido que me vaya a mi habitación y duerma. Creo que es lo que quieren que hagamos, hacernos los muertos para que ellos pueden tener un turno lo más tranquilo posible y para que los incesantes ruidos sean cada vez menores.
Y es que no estoy en el medio de una explanada al aire libre sino que me encuentro en una estación psiquiátrica cerrada.
Ha sido la hora del café y en el tiempo tan reducido de dicha actividad he podido comprender que en una clínica así nunca había estado. Siendo sincera lo he comprendido al cruzar por la puerta de entrada y que esta fuera cerrada con llave.
No sé que les ha traído a estas personas aquí ni como los trabajadores pueden aguantar esto cada día. Supongo que a todo se acaba acostumbrando el ser humano. Lo que a mí me ha traído aquí ha sido haber tenido pensamientos suicidas concretos y haber informado sobre ello a los médicos de la clínica de rehabilitación donde me encontraba hasta hace unas horas. Quién me hubiera dicho esta mañana al despertar que este sería mi destino.
No es la primera vez que informo sobre dichos pensamientos, pues intento por el bien de la curación ser lo más sincera posible. Sin embargo, es la primera vez que acabo en una estación de este tipo donde observar a otras personas es trágico más que esperanzador.
Palmas y silbidos haciendo ritmos conocidos. Canciones en el móvil a alto volumen. Canciones populares de los países orientales. Cantante de ópera mientras golpea paredes. Bonita forma de cantar, bizarra escena que observar. Hay pacientes que ríen a carcajadas sin venir a cuento, ríen de tal forma que diría acaban de escuchar el chiste más gracioso del mundo pero no hay nadie que converse con ellos.
La canción de la película Titanic suena a todo volumen…
Estando aquí me doy cuenta de lo vulnerable que puedo llegar a ser. Desesperanzada, desorientada, bajo los efectos de una medicación tranquilizante y con una puerta cerrada ante mi. Socorro…
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