… cuantas veces al día te evito. En el dormitorio, en el salón, en el baño. Cuando sé que me puedo ver reflejada intento mirar a otra parte, pues el reflejo duele. Duele físicamente y mucho. Por como me hablo, duele por como mi mente interpreta esa imagen, interpreta con la dureza de alguien que lo que siente es odio. Interpreta con la dureza de alguien que perdió la esperanza de poderse amar, que olvidó su valor personal. O quizás nunca llegó a aprender lo que era valorarse, quererse, respetarse, tratarse desde un cariño con el que trataría a quien quiere. 

Y es que quizás ese sea el punto de inicio, el no saber quererme a mí misma, el sentirme tan pequeña y tan desmerecida de una vida de amor y sosiego. De una vida en la que sepa estar conmigo misma y que eso sea suficiente. Con esto no quiero decir que no siga necesitando el acompañamiento de otros seres queridos o incluso de conocidos para nutrir vínculos sociales necesarios para el ser humano. Con ello quiero decir, que la idea de pasar tiempo conmigo misma de una forma íntima no genere miedo en mí. Miedo que me acompaña a menudo, cada vez que veo que hay un par de días en mi agenda que no están planeados con alguien de mi círculo cercano. 

Cuantas cosas podría hacer yo sola y que esos días se me pasaran de una forma llevadera e, incluso, feliz o satisfactoria. Aún sabiendo que puedo hacer cosas, mi mente me atrapa y se apodera de toda la lógica de mis intenciones. No sé si por falta de motivación, vagancia, apatía, falta de costumbre o simplemente porque no creo que valga la pena. Veo como los días pasan y sigo atrapada. 

Desde hace un par de días, me he planteado hacer por hacer. Es decir, tener varias cosas en mente que puedo llevar a cabo ese día y llevarlas a cabo sin esperar nada a cambio. Simplemente por el hecho de que las horas del día se pasen de la mejor forma posible. Además, estoy convencida de que esto es un paso hacia el tratarme mejor. Hacer cosas que sé que son buenas y sin ponerme metas elevadas, sino que la meta sea hacerlo. 

Es un largo camino pero dando los pasos adecuados puedo ir acercándome a mí. Aprender a escucharme aprovechando el espacio de la soledad. Quién sabe si quizás también pueda llegar a mirarme a un espejo y contemplar la imagen sin juzgarla. Simplemente acogerla por lo que es, por quien soy. 

Creo que es algo tan difícil de conseguir porque durante los 12 años que estuve en el Conservatorio de Danza, cada día durante horas me enfrentaba a un espejo gigante de pared. Mi recuerdo me lleva a que nunca me gustó lo que veía en esos espejos. Siempre con una gran crítica interior, comparándome con mis compañeras y siempre sintiéndome insignificante y sin valor. Gorda, fea, lo haces fatal, no sabes bailar son algunas de esas frases sin cariño que día tras día me destinaba.

¿Por qué no pude verme y tratarme con cariño? ¿Cuándo empezó esa manifestación de odio hacia mi persona? Intento buscar la raíz para poder sanar, pero no la encuentro. ¿Puedo sanar sin origen? No lo sé, pero lo deseo. Por ello, vuelvo a decir que los pequeños pasos del día a día podrían ser mi mejor aliado hacia una sanación. Y digo pequeños porque son parte de un proceso mayor y no porque sean pasos simples, ya que hay días que incluso salir de la cama se convierte en un reto inalcanzable.

¿Que hubiera sido de mí si esa niña y, más tarde, esa mujer se hubiera dicho cosas bellas al espejo?

Espejito, espejito mágico…

… dejaré de evitarte porque aprenderé a respetarme.

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